Critica Literaria de Funes el memorioso

Critica Literaria de Funes el memorioso

FUNES: LA PASIÓN POR EL CAOS

 

por Víctor Fernández

 

<<He descubierto la tendencia a estimar

las ideas religiosas o filosóficas

por su valor estético y aún por lo que

encierran de singular y maravilloso.>>

 

(J.L. BORGES, Epílogo

a Otras inquisiciones)

 

 

  1. Introducción

 

“Funes el memorioso” (1942), no es sólo <<una larga metáfora del insomnio>>, como el propio Borges afirma en el prólogo a Artificios (1944). Es eso, pero también mucho más. Me atrevería a decir, incluso, que esa declaración es, a su vez, otra metáfora. Porque, aunque efectivamente, el relato hable del insomnio, este es tan sólo un acercamiento superficial a la historia de Ireneo Funes; una primera capa en la significación del texto; en definitiva, un vehículo que nos conduce hacia una creación literaria mucho más amplia y rica, cuya complejidad no radica en el lenguaje ni en la trama, sino en la interpretación según diversas lecturas posibles del mismo texto.  Por tanto, si nos adentramos en capas sucesivas, más complejas, descubriremos ejes argumentales y semánticos más profundos, en los que filosofía y religión van de la mano. Pero, ¿cuáles son?

 

Aunque la respuesta -mi respuesta- no es el objeto del presente epígrafe, adelantaré, sin embargo, que “Funes el memorioso” es, grosso modo, una reflexión metafísica sobre la condición humana; más exactamente sobre la actitud del hombre frente al mundo, Dios y el universo; la desolación ante la incomprensión de un universo que se antoja infinito y caótico, intelectualmente inabarcable, hasta para un ser humano con las asombrosas cualidades de Funes, quien de un solo vistazo era capaz de percibir “todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra”(p.131); y, en definitiva, la inexorabilidad del dolor en una batalla que todo hombre libra con ese monstruo (el universo, infinito y caótico) y su mejor aliado, el tiempo, (su eternidad), con la memoria como única arma capaz de derrotarlo.

 

Pero, en este relato, como ocurre en otras obras borgianas, las reflexiones en torno al intento del hombre de ordenar el infinito, cobran brillantemente vida, forma y apariencia humana; o tal vez sea la conceptualización de la propia existencia,<<una manera de desencarnar la vida, disolviéndola en un fulgurante espejismo de abstracciones…>>, porque <<decir borgiano es inmediatamente despegar de la rutinaria realidad racional y acceder a una fantástica, rigurosa y elegante construcción mental…>> Cabe citar, entre otros, “La muerte y la brújula” (1942). En este cuento, Borges sintetiza la filosofía de Baruj Spinoza, proponiendo en lenguaje narrativo una dilucidación racional-geométrica del infinito y, por ende, de Dios.

 

Así pues, la presencia de estos dos saberes (filosofía y religión), recurrente, por otro lado, en gran parte de la narrativa  de un doctus cum libro  como lo fue Jorge Luis Borges, así como su influencia en el significado del relato, son las dos líneas discursivas  que constituyen el lait motiv  del presente ensayo.

 

  1. Metodología: una nueva mirada hermenéutica.

 

<<La estética debe subsumirse en la hermenéutica>>.

 

(H. G. GADAMER, Verdad y método)

 

 

 

Gadamer entendía el arte como otra forma de conocimiento, brindado éste por la experiencia que se tiene de una obra.  La obra de arte literaria debe ser comprendida en el mismo sentido en el que hay que comprender un texto. Esa experiencia alcanza verdadero significado mediante una labor hermenéutica.

 

La comprensión y la interpretación de un texto es siempre una tarea difícil. Pero lo es aún más si anteponemos a ambos conceptos el calificativo de correcto o verdadero.

 

El mismo Gadamer <<propone como alternativa a la tesis romántica la convicción –extraída de la fenomenología hermenéutica de Heidegger- sobre la imposibilidad de llegar al ser –a la Verdad- del texto>>(…), lo que, por otro lado, no desemboca <<en una renuncia a la labor interpretativa y ni tan siquiera en su desacreditación: pese a la imposibilidad humana de alcanzar una interpretación definitiva del texto… la humanidad debe seguir esforzándose en comprender de nuevo algo que ya fue comprendido de manera diferente en otro momento. No es un defecto de la labor hermenéutica el que cada intérprete adapte el sentido del texto a la situación concreta desde la que habla… ya que para Gadamer “el trabajo del intérprete no es simplemente reproducir lo que dice en realidad el interlocutor al que interpreta, sino que tiene que hacer valer su opinión de la manera que le parezca necesaria… el intérprete debe permanecer abierto a la pretensión de verdad de los textos.>>

 

En esta línea; sin caer en el grado de escepticismo que el propio Borges ha dejado como una parte más de su patrimonio literario, y lejos de usar la interpretación a modo de revivencia de la intención del autor; la epistéme que envuelve el presente ensayo se sustenta en una hermenéutica basada, a su vez, en <<la idea de que existe una “verdad” en la literatura que debe ser rescatada –interpretada-, pero, por otra parte, tiene clara conciencia de que esta verdad literaria, sobre todo en sus formas más actuales, se transmite o se constituye en un código o códigos que el lector no dominaría como domina el uso habitual de la lengua.>>

 

Con el propósito de extraer esa “verdad” –insisto, mi “verdad”- en “Funes el memorioso”, considero más conveniente un método interpretativo que tenga como referentes texto (entendido como construcción intertextual) y contexto y que se sitúa a caballo entre una hermenéutica de la recuperación y una hermenéutica de la sospecha. Y la elección de este método se legitima especialmente cuando el texto en cuestión pertenece a un autor como Jorge Luís Borges. En primer lugar por la profunda carga de significados que transpiran sus obras si nos atenemos exclusivamente al texto. Y, en segundo lugar, porque esos significados sólo alcanzan una interpretación holística cuando se tienen en cuenta factores extratextuales (lo que he denominado contexto), como se verá a continuación.

 

Coincido con José Luis Najenson cuando afirma que (…)<<A diferencia de Sartre, Borges no recurrió a la literatura para decir lo que la filosofía no podía expresar, casi lo contrario, consideraba a esta última y a la teología como formas “espléndidas” de la literatura fantástica. Filosofía y teología son en Borges una especie de “siervas de la literatura y las inclinaciones de Borges se apoyan en valores estéticos, cuando no en la rareza, el asombro o la lejanía>> (75).

 

Suele ser frecuente no reconocerle a Borges sabiduría o tecnicismo filosófico, (…) <<cuando la verdad es que posee una inmensa cultura filosófica, además de contar con extraordinarios recursos de realización imaginativa. Puede sonar a exageración y quién sabe si a sacrilegio, pero en punto a comparaciones, sólo Platón sirve para redondear la imagen. En Platón su tremenda fuerza literaria se ponía de manifiesto cada vez que se enfrentaba al problema de introducir alguna noción difícil… Acudía entonces al recurso del mito: la caverna, el carruaje alado, Er, el Panfilio. Pues bien: esos mitos platónicos son el estricto equivalente filosófico de los relatos borgianos…>>(Nuño, 1987: 12).

 

Por otro lado, son varios los caminos que en el universo borgeano llevan a la religión, principalmente a la judía. Pero, incluso cuando muestra su interés por ciertas concepciones totales del mundo y de la vida, como la Cábala judía, su interés en ellas es principalmente literario.

 

Su conocimiento del judaísmo, empero, se remonta a la lectura de la Biblia, que lo moldea desde su primera infancia, marcada ya por el interés en los libros. Borges absorbe todos los libros de la biblioteca paterna. Y conforme crece su interés por la lectura también lo hace su atracción hacia la filosofía y la teología.

Su abuela paterna, Fanny Haslam Arnet, era una cultora de la Biblia, que le abrió las puertas a la cultura judaica, con la que fue identificándose hasta pensarse frecuentemente como judío.

 

A Borges le deslumbra la excelsa literariedad del que considera el libro de los libros, la biblia: <<Lo que me atrae es la impresión de que los cabalistas no escribieron para facilitar la verdad, para darla servida, sino para insinuarla y estimular su búsqueda. Da ahí la abundancia de mitos y símbolos (…). Y eso no se da sólo en los cabalistas medievales, sino en la biblia, en el libro de Job.>> Borges está insinuando también una perspectiva para la interpretación de su obra o, cuando menos gran parte de ella, porque como él <<cree que la literatura es en gran medida la exploración metafórica de los temas filosóficos, adopta la fórmula del enigma expresado mediante símbolos que los Cabalistas emplearon en sus escritos, y como ellos crea un corpus symbolicum para expresar las ideas esenciales, las perplejidades de sus obras.>> Porque al decirlo todo no se despierta en el lector el mismo grado de atención, ni el mismo ánimo de investigar e interpretar un texto, que cuando el sentido del texto se basa en la insinuación, que incita a una indagación que descubra las verdades sugeridas.

 

Este será el punto de arranque para analizar el relato de Funes, teniendo en cuenta que la peor de las pretensiones hermenéuticas sería aquella que se considerara comprensión última, definitiva y lograda. Parafraseando a Juan Nuño <<todo lo aquí escrito ha sido teniendo muy presente esa sentenciadora admonición de “La Biblioteca de Babel”: “Tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”>>

 

Así pues, presentado el objeto, aclarado el método y como affirmatio non neganti, incumbit probatio, pasemos al análisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Análisis

 

<<Lo que suele ser un lugar común en la filosofía puede ser una novedad en lo narrativo.>>

 

(J.L. BORGES, en Borges el memorioso)

 

 

Señala Juan Nuño, que <<Borges es un espíritu obsesionado por unos cuantos temas verdaderamente metafísicos: el carácter fantasmagórico, alucinatorio del mundo; la identidad a través de la persistencia de la memoria… la negación de lo material, la realidad de las Ideas, la irrealidad de lo pasajero, la posibilidad de las reiteraciones lo que le domina y le apasiona.>>,y “Funes el memorioso”,como se verá a continuación, es prueba de ello.

 

Pero como otros muchos relatos del escritor argentino, el de Funes también gira, temática y estructuralmente alrededor de una dualidad que termina por resolverse en unidad. Temática y estructura que reflejan la influencia de El Libro de Job y el Génesis respectivamente; esto es, reelabora el mito jobiano, entendido por Borges como la inescrutabilidad de Dios y del universo; y le da forma mediante un extraordinario juego de símbolos que se relacionan dialécticamente.

 

En Funes, la reflexión metafísica, está presente en toda la historia y se deriva de la dialéctica entre dos sistemas conceptuales filosóficos: platonismo versus empirismo-positivismo, personificados, respectivamente, por narrador y personaje central, es decir, Ireneo Funes.

 

El relato comienza, diciendo de forma significativa: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado…)”. Es el narrador el que nos habla, desde un tiempo presente evocando el pasado; el mismo que, como ya hiciera Platón en su teoría de la anamnesis, sacraliza la acción de recordar, puesto que desde este perspectiva ontológica, al ser inmortal el alma, al haber nacido muchas veces y al haber visto todas las cosas, sea en este mundo, sea en el Hades, puede recordar lo que ya sabía, siendo, por tanto, todo conocimiento sinónimo de recuerdo.

 

Es por eso que, actuando en consecuencia a este principio, el conocimiento que quiere ofrecernos sobre el joven arrabalero, es decir, el fundamento mismo del relato(“el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él”), se basa en el recuerdo de su encuentro con él hace muchos años.

 

A continuación, para presentar al otro personaje del relato, Ireneo Funes, nos remite a otra actividad que, desde la antigua Grecia, es fuente de conocimiento: la contemplación. Funes mira “una oscura pasionaria” que tiene en la mano. Pero no lo hace como cualquiera de nosotros. Aquí radica una de las claves del texto. Ya desde el principio de la historia el personaje es presentado no por su nombre, sino por su capacidad extraordinaria de percibir (su ultraempirismo), que lo eleva, como en todos los mitos de los grandes hombres de la historia, a la categoría de único. Por eso el narrador –entiéndase Borges- nos aclara “viéndola como nadie la ha visto. Aunque la mirara durante el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera”. Tamaña virtud perceptiva se completa con otra capacidad extraordinaria: su memoria, culminando así la imagen de hombre único, excepcional, más cercana a la naturaleza divina que a la humana. Por eso, también en el comienzo del relato, el narrador afirma que “sólo un hombre en la tierra tuvo derecho (a pronunciar ese verbo sagrado que es recordar) y ese hombre ha muerto”.

 

Por eso, si el objeto de que la vida de Funes se convierta en proyecto literario, radica precisamente en esas capacidades, cabe preguntarse ¿cuáles y cómo son? ¿Qué valor alcanzan?

 

Funes sería algo así como una extraordinaria máquina de registros sensoriales, capaz de discernir “continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de la caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad.” Y, por si fuera poco, el monstruoso registro se completa con una memoria tan extraordinaria que “lo pensado una sola vez ya no podía borrársele” y en la que “cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas”, hasta el punto que “el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico”.

 

Sería lógico pensar que un hombre así (un superhombre), excepcional en la historia de nuestra especie actuara como tal dadas sus virtudes cognoscitivas. Pero no es así.

El transcurso de la historia viene a confirmar, no la hazaña portentosa de ese hombre único en la historia, sino todo lo contrario, la reducción de esos poderes sobrenaturales a lo anecdótico, e incluso al absurdo, convirtiéndose Funes en el perfecto antihéroe borgiano.

Por eso, antes de narrar su primer recuerdo “en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro”, anticipa que aunque “Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, <<un Zarathustra cimarrón y vernáculo>>… no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones”.

 

En otro de sus relatos, “La biblioteca de Babel”, Borges plantea la pregunta que corroe a todos los hombres, <<el afán de descubrir la ley fundamental de la Biblioteca>> (metáfora del Universo), <<que otorgue a ésta sentido, que demuestre la infinitud o finitud de la misma y descifre el carácter caótico de todos los libros… El narrador un residente más de la Biblioteca… clama porque en algún lugar del Universo haya “un libro total” que sea la “cifra y el compendio perfecto de todos los demás>>, tal y como en este relato vendría a ser Funes, esto es, el compendio perfecto de todos los hombres. Y, en este sentido, podemos leer: “En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos,; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes… tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo (la cursiva es mía).

 

Tal vez, Funes pudiera ser el profeta del logos; aquél que viniera a la tierra para acabar con la angustia existencial del hombre; aquél que aliviara el dolor inherente a todo ser humano dada su incapacidad de conocer, menos aún comprender, aquello que transciende su experiencia. Pero no es así. Y cabe preguntarse: ¿por qué?

Es en esta respuesta donde se resuelve la dialéctica que envuelve todo el relato, el empirismo frente al platonismo. Sigamos profundizando.

Si es cierto que Funes representaría para nosotros en la actualidad algo así como un ordenador humano, una máquina perfecta de recogida de datos con un disco duro indeleble, también lo es –y salvando las distancias respecto a esta analogía- que la naturaleza epistemológica de su conocimiento se deriva de la experiencia.

Esto supone que Funes sólo conoce la realidad a través de los registros sensoriales inmediatos que le proporcionan sus hiperagudizados sentidos y que son almacenados en un disco duro que, aunque de espacio infinito, es de existencia finita. Las limitaciones pues no son pocas. Y así Borges opera con su requisitoria contra el empirismo radical.

El empirismo supone una crítica a los racionalistas bajo el supuesto que la razón tiene carácter ilimitado, e incluso el propio proceso irracional puede producir cualquier tipo de conclusión. La razón por sí misma no tiene fundamento y funciona a partir de supuestos. Por tanto, sólo se considera válido los conocimientos adquiridos mediante la experiencia. Tanto Locke como Hume admiten un subjetivismo del conocimiento y sostienen que no conocemos realmente la realidad, sólo las ideas sobre ésta. Hume representa un empirismo más radical. No acepta el concepto de ideas de Locke y Descartes, puesto que afirma que nuestro conocimiento se basa en impresiones, obtenidas mediante los sentidos y en  Ideas, copias o representaciones de las impresiones.

El criterio de certeza de las ideas para Hume es simple: una idea será verdadera cuando provenga de una impresión, cuando podamos señalar la impresión de la que proviene. Según este criterio podremos tener certeza de las ideas actuales que se correspondan a una impresión, o aquellas ideas coincidentes con impresiones pasadas. No tenemos pues certeza de las ideas futuras puesto que carecemos de impresiones.

Si tenemos en cuenta estos postulados observamos inmediatamente que Funes representaría a un empírico radical. Sus conocimientos acerca de la realidad se basan exclusivamente en ideas o representaciones inmediatas, en percepciones aisladas, o en los recuerdos individuales que de ellas tiene. <<Ningún empirista clásico prescinde de las ideas generales; lo que hace es subordinarlas a las básicas, resultantes de la inmediata percepción.>>

Pero, como nos informa el narrador, (Funes)”era casi incapaz de ideas generales, platónicas. Es aquí donde comienza la derrota de Funes el ultraempírico. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo que no era muy capaz de pensar. Pensar es generalizar, abstraer.”, algo que no estaba a su alcance. Por eso, “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares… le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).” Funes, en definitiva, no razona sino que siente: “Razonó (sintió)…”.

Su conocimiento es falso, porque no tiene en cuenta los universales platónicos y, como tal, permanece en la apariencia. Por eso,  al modo del mito platónico de la caverna, en “Funes el memorioso” ese falso conocimiento se simboliza por la oscuridad, la sombra, de ahí que toda la descripción sobre el lugar donde Funes vive y, tras el accidente, donde también piensa (conoce la realidad), ceda jerarquía semántica a calificativos que remiten a la oscuridad y la humedad propias de la caverna platónica: “La voz de Funes desde la oscuridad, seguía hablando”; “Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela”; “Me parece que no le vi la cara hasta el alba”; “La pieza olía vagamente a humedad”.

La tendencia a sobrepasar los límites estrictos de la experiencia ha sido evaluada frecuentemente como una necesidad connatural al hombre y es conocida bajo el título de “metafísica”. Pero Funes es el opuesto de cualquier metafísica, en cuanto que sus conocimientos no traspasan los estrictos límites empíricos.

Es, por tanto, imposible que Funes sea ese profeta del logos; porque vive apegado a un mundo material, perecedero, compuesto casi fantasmagóricamente por un catálogo infinito de detalles inmediatos; porque no tiene en cuenta la existencia de las ideas generales, de los universales o arquetipos platónicos cuya existencia permite al conocimiento avanzar más allá de las apariencias sensibles, puesto que, como objetos del conocimiento racional, las ideas reciben en Platón el nombre de entes o sustancias y se distinguen claramente de las cosas sensibles, cosa que como matiza el narrador, no ocurre en Funes; y porque su legado es simplemente absurdo: “un vocabulario infinito para la serie natural de los números” y “un inútil catálogo mental de todos las imágenes del recuerdo”.

El empirismo radical de Funes pierde así la batalla contra el platonismo que representa (por oposición dialéctica) el narrador. Y así, “Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.”

Pero si, llegados a este punto, al lector aún le quedan dudas sobre esa relación dialéctica platonismo-empirismo, aportaré otro detalle significativo para que su refutación no se sostenga. Y para eso me basaré en lo que he convenido llamar simbología nominal.

La identidad del narrador no nos llega a través de su nombre, puesto que este se omite en todo el relato, sino por medio de su actividad, que es, por otra parte, el propio fundamento del relato. El narrador nos cuenta la historia que él mismo ha escrito sobre Funes, para colaborar en “el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él”. Y de su modo de contar la historia, como ya se ha visto anteriormente, se extrae su cosmovisión, de profundas raíces platónicas.

Ireneo Funes significa el “otro dialéctico”, el opuesto del narrador, es decir el ataque al platonismo y la afirmación del empirismo. Por un lado en Funes, como también se vio antes, esa forma de conocimiento cobra vida mediante su actividad cognoscitiva, hasta el punto de que el narrador nos lo describe como “el cronométrico Funes”. Y es que el compadrito de Fray Bentos no sólo tenía una percepción y memoria infalibles, sino que a eso también se le unía “su percepción exacta del tiempo” y “su memoria de nombres propios”.

Pero si Funes representa la afirmación de la epistéme empirista, Ireneo hace lo propio como ataque del platonismo.  Porque, como ocurre siempre con los relatos borgianos, ningún detalle se deja al azar. Y así descubrimos que el nombre Ireneo nos remite, ad hoc, al significado del más conocido de sus homónimos: San Ireneo.

San Ireneo (Asia Menor 130, Lyon 208) fue uno de los principales padres de la Iglesia y su mayor aportación teológica se configuró en confrontación con la gnosis, corriente filosófica basada en el platonismo y que él como otras pertenecientes a la patrística persiguieron duramente, por considerarla una herejía contra al cristianismo.

Por otro lado, podemos apreciar, que a lo largo del texto sólo en dos ocasiones se utiliza el nombre completo del personaje. Por un lado está Ireneo, el joven arrabalero sudamericano, que es también Ireneo Funes, “mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Esta es la primera vez que aparece, de forma significativa antes de que sufriera el accidente con un caballo, tras el cual, adquiere sus virtudes cognoscitivas y, tras el cual, en definitiva, se convierte en Funes. La segunda vez que aparece es en su muerte. Sólo antes de adquirir los poderes sobrenaturales y después de perderlos, es decir, cuando muere, Ireneo y Funes son una misma persona. Pero ¿cómo opera este cambio en el texto?

 

Las razones las encontramos en el punto más álgido de la historia, cuando ambos personajes se encuentran en el rancho donde vivía Ireneo: “esa noche después de cenar, me encaminé a casa de Funes”. Es el momento iniciático, en el que el “compadrito de Fray Bentos”, Ireneo, se transforma en Funes el memorioso. El narrador, es recibido por la madre de Funes, para quién su hijo sigue siendo Ireneo, de ahí que se repita dos veces su nombre casi de manera consecutiva, en un intento de enfatizar su identidad: “Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela”.

 

Desde ese momento, se le nombra en cuatro ocasiones siempre como Ireneo (la cursiva es mía):“Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo.”; “Sin el menor cambio de voz Ireneo me dijo que pasara.”; “Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo.”; “Ireneo empezó por enumerar…”; y se transforma en Funes cuando el narrador empieza a describir sus capacidades:“Nosotros de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra”.

Por otro lado, Borges sostiene que la identidad personal reside en la memoria y la anulación de esa facultad comporta la idiotez. En otro cuento corto, precisamente titulado “La memoria de Shakespeare”, Borges vuelve a repetir esa tesis. En este relato el protagonista, Hermann Soergel, hereda toda la memoria del poeta y dramaturgo inglés y declara: “Ya que la identidad personal se basa en la memoria, temí por mi razón.” Por tanto, podríamos pensar que, con la extraordinaria memoria que posee Funes, su identidad personal estaría más que salvaguardada. Pero una memoria como la suya, acosada por el incesante bombardeo de registros sensoriales, inmediatos, rompe el <<continuum ontológico, siendo entonces imposible respetar la identidad de lo percibido…>>, incluso aunque se trate de su propia identidad personal, porque “Su propia cara en el espejo, sus propias manos, le sorprendían cada vez.”

Entonces; si una memoria tan envidiable conduce, ab absurdo, a una pérdida de la identidad; si su extraordinaria capacidad perceptiva le lleva a confundir el mundo con una infinita colección de registros; si los logros intelectuales que deja como patrimonio a la humanidad son absurdos, insensatos e inútiles ¿qué nos queda de Funes?

La respuesta, por saberse de antemano, no deja de ser desoladora. La incomprensión de lo que trasciende la mera experiencia, la situación de angustia que el desconocimiento y la incomprensión sobre un Universo infinito y caótico genera en el ser humano y, en último término el dolor al que este vacío inexorablemente conduce.

Ese, es al fin y al cabo, el último significado que refleja Funes: sufrimiento, dolor. Lo que nos permite enlazar con segundo eje en torno al cual se articula el presente ensayo: teología, religión y mito.

El sujeto, en un primer momento,  se identifica con el objeto (Funes – percepción y memoria). Es desde ese momento cuando Borges empieza a construir el mito: un hombre único, excepcional, entre todos los hombres. Y si <<La terrible y abismal memoria de Funes le llevaba a comparar sus sueños con la vigilia de los demás mortales; qué duda cabe que de ese modo la vigilia de Funes era el equivalente en la tierra de la terrible mirada de Dios que, de un solo golpe, penetra y sabe todo.>> Pero no hay que olvidar que Ireneo Funes, antes de convertirse simbólicamente en “Funes”, poseía ya capacidades sobrehumanas, como “su percepción exacta del tiempo”, o “su memoria de nombres propios.”, precisamente como influencia del mito de Job o, más exactamente, lo que de él entiende y toma Borges para reelaborarlo. Para Borges, el verdadero mensaje del Libro de Job, <<puede deducirse de los últimos capítulos (38-42), los que describen al Señor hablando a Job del torbellino. En ellos, Dios reta al sufriente uzita: “¿Supiste tú las ordenanzas de los cielos?” (38:33). La Humanidad, dice el Señor al presuntuoso Job, ignora los principios divinos que gobiernan el mundo, y por tanto, no puede esperar una justificación del sufrimiento… Dios y el universo son un enigma. Por ello la forma de representarlos es a través de lo enigmático, lo monstruoso, lo incomprensible, lo sobrenatural o lo fantástico.>>

Cabría suponer que Funes sufre el castigo divino por la presuntuosidad de sus capacidades. Es decir, el mito que, desde Prometeo, instaura el castigo por la osadía de conocer algo reservado a la naturaleza divina. Pero lo cierto es que; al igual que los monstruos que aparecen en el mito de Job (Behemoth y Leviatán) <<vendrían a ser, de algún modo, por lo mismo que son monstruos, sobre todo incomprensibles (ya que no se ve qué razón puede haber para que existan en el universo y que puedan servir a la economía divina), símbolos de Dios>> (100-101); el accidente que sufre Funes no deja de ser enigmático e incomprensible. Sin embargo, la preferencia de Borges por <<una especie de imitatio dei heterodoxa, tratando de aplicar un principio de la escritura divina –la ausencia de azar en el tejido de un texto controlado, complejo y pleno de significado- a la literatura humana, eludiría de ese hecho cualquier relación con el azar.

En un nivel posterior del mito, tras el accidente, cuando Funes cobra la potencialidad necesaria para convertirse en héroe (y enfatizo: el equivalente en la tierra de la terrible mirada de Dios que, de un solo golpe, penetra y sabe todo) el sujeto sufre la rebelión de sus instrumentos de conocimiento, queda subordinado y aplastado por ellos. Las capacidades que Funes adquiere son tan poderosas que llegan a dominar su voluntad y es ahí donde el dolor se legitima.

Su mito no se forja por su actividad (cognoscitiva), puesto que a lo largo del texto encontramos numerosas connotaciones negativas que remiten, precisamente, a la inactividad, simbolizada por su enfermedad -está tullido-, o por “ su condición de eterno prisionero (…) inmóvil, con los ojos cerrados; otra inmóvil también, absorto en un oloroso gajo de santonina.”;

Un último significado que extraeríamos sería, en base al principio dialéctico que, como ya he dicho articula el relato, por oposición a esa aparente, falsa, actividad cognoscitiva la inactividad que supone la pasión, es decir, la acción de padecer, en este caso dolor, frente a la imposibilidad de abrazar intelectualmente el Caos que representa el Universo, frente a la capacidad ordenadora y explicativa. Y quién sino Jesucristo, sufridor de entre los sufridores –mejor dicho, su  símbolo- para redondear la imagen de sufrimiento. Como decía al principio, Funes es presentado con una pasionaria en la mano. De nuevo, no es azar. Esa flor, que toma su nombre por la semejanza que guarda con los atributos y colores que la tradición asigna a la pasión de Jesús, es otra verdad más insinuada. El dolor de Funes, equiparable a la  del nazareno, es la muerte de un mito, y el nacimiento de otro. Efectivamente Funes muere desmitificado, como un hombre más por lo que hace, pero no por lo que sufrió pero no hay que olvidar que sobre él se va a editar un volumen, en cuya creación participa (mediante el propio relato) el narrador. Esto supone que Funes muere por todos los hombres, para salvaguardar la esperanza de un Ideal que redima la falta de sentido y del desorden caótico del Universo y la existencia, para lo cual caer en el infierno se hace necesario como justificación. ¿En qué se basa esa esperanza? En la dimensión moral. No es sólo ontológico el platonismo de Borges; puede también asumir la dimensión moral para que hasta las acciones sean comunes e indistinguibles: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en el jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todo los hombres.”  

Y yo añadiría, para concluir: Funes muere para redimir al hombre de la angustia metafísica.

 

 

 

 

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