Geografía poética.

 

Cuando un territorio se mide en tiempo y experiencia y no en espacio; cuando se abarca por la profundidad de su corazón y sus raíces y no de sus fronteras, por el valor ( y no el precio) de los sueños con los que lo alimentan sus habitantes. Por eso, esta región incierta y nómada se construye con la arcilla y el cemento de sus voces. Un permanente céfiro las agita y las transforma en palabras-velas que exhalan la luz y la alegría de sus calles. Ciudad-telar que, con la fuerza motriz de su fragua y el mismo peso de todos sus dialectos, todos convenimos en llamar también LITERATURA, ARTE, CREATIVIDAD, sus hermanas de sueño.

Aunque la visitamos sin saberlo desde niños, pronunciamos su nombre por primera vez
ante un cuadro de El Bosco y descubrimos que, tras su incorporeidad, se escondía una madeja interminable de visitantes y residentes. Habitantes que mutaban y permanecían
en nuestra memoria en forma de libros que, por su propia naturaleza, siempre son algo más que libros: rutas, viajes, catarsis, experiencias transformadoras. Y tiramos del hilo…

 

Ante nuestros ojos, el sinuoso curso de su metamorfosis; sus pies de cuento de terror gótico, el meme inoculado de la ciencia ficción, sus raíces en el Kubla Kan de Coleridge, sus regencias pasajeras en Saint- Germain-des-Prés, Pimodan, Midland o Chelsea, en los Paraísos Artificiales de Baudelaire, su transformación después en música y ballet de la mano de Leo Delibes, en la interzona vírica de Burroughs, en una tienda de disfraces de Granada, en una mágica floristería, en una simbólica heladería cubana, en la poción mágica de Alicia o de Jim Morrison, en la llave que Huxley tomó prestada de William Blake para entreabrir las puertas traseras de su realidad.

El nombre del teatro de los sueños, sur y periferia, ciudad de tinta y hueso con laberintos de Escher donde el único minotauro es el espejo de verse reconocidos y atrapados por una experiencia única.
En sus bares, plazas, bulevares y avenidas, bajo sus soportales, las etiquetas que en otras patrias, presuponen-determinan, aquí son otra máscara más que incendia la permanente danza de la vida.
Recorrer sus calles seducidos por el olor a luna fresca y tierra insomne de sus amaneceres, por el atávico sonsonete del telar y el mecanismo de reloj de sus talleres, paladear el paseo en un ejercicio inconsciente de sinestesia, con el olor a pan caliente, recién hecho, de sus palabras porque, al final, los viajes siempre convergen en una puerta donde, al traspasarla, la vida se transforma en historias y las historias en vida.